El set estaba impecable.
Luces suaves que halagaban la piel. Una escenografía pulida al detalle, con un ramo de lirios blancos al fondo que insinuaba luto y pureza. Frente a ella, Alfonso Herrera, el periodista más respetado del país, conocido por su tono ecuánime y sus entrevistas sin concesiones. Todo estaba perfectamente calculado.
Isabel Duarte respiró hondo. Sus ojos, ligeramente humedecidos, brillaban bajo la luz sin llegar a parecer vulnerables. Su maquillaje era tan sutil como implacabl