Valentina no reaccionó con furia.
Ni con lágrimas.
Ni siquiera con orgullo herido.
Respondió como lo hacen las mujeres que saben lo que valen.
Con inteligencia. Con frialdad. Con clase.
El discurso improvisado había sido solo el inicio.
La verdadera jugada comenzaba ahora.
Al día siguiente, Valentina asistió al almuerzo privado que el comité organizaba con los inversionistas italianos. Era una reunión más íntima, exclusiva, donde las alianzas se cultivaban entre brindis y silencios estratégicos