El eco del disparo aún resonaba entre los troncos altos del bosque de Lombardía cuando se oyó el crujir de ramas rotas y el rugido de motores acercándose a toda velocidad. Los faros de los vehículos policiales y de emergencia cortaron la penumbra del atardecer, iluminando el sendero de tierra donde Ilein yacía agarrada a la hierba húmeda, mientras Máximo permanecía de pie junto al cuerpo inerte de Alessandro Conti, la pistola aún en su mano, su mirada fija en el rostro del hombre que había inte