Máximo se había encerrado en sí mismo en su penthouse de Milán, aislándose de todos. La furia y la frustración lo habían consumido, y ahora su rostro reflejaba una sombra de lo que había sido. La habitación en la que se encontraba parecía un refugio oscuro; las cortinas bajadas, los muebles de cuero oscuro sumidos en penumbra, botellas de whisky vacías sobre la mesa de centro, donde el eco de risas pasadas se había desvanecido. La soledad lo envolvía como una niebla densa, y el silencio era un