Los faros del deportivo de Dave Moreno rasgaron la oscuridad del patio de la mansión exactamente a las dos de la madrugada. En cuanto el motor se apagó, Dave salió del coche con paso apresurado. Su camisa negra estaba desordenada, con los dos primeros botones desabrochados, y su mandíbula permanecía tensa, conteniendo el agotamiento acumulado tras pasar horas en el centro de datos del distrito sur. El supuesto «ciberataque» no había sido más que una manipulación del sistema, una distracción que