Sus párpados cerrados se agitaban inquietos bajo la tenue luz del estudio del apartamento parisino, cada vez más apagada.
Sobre la cama individual, el voluptuoso cuerpo de Lyn Aiko —el nuevo nombre que había elegido para enterrar para siempre la identidad de Elena Lancaster y el oscuro pasado de Berlyn— permanecía inmóvil.
Su respiración era corta y entrecortada, mientras su subconsciente arrastraba su alma más allá del océano, devolviéndola a la ciudad donde había dejado atrás tanto el dolor c