El despacho de Dave Moreno había dejado de ser el centro de mando de un imperio empresarial para convertirse en una sofocante celda de aislamiento.
El penetrante olor del whisky se mezclaba con el polvo de los montones de documentos amontonados sin ningún orden.
Sobre su enorme escritorio de caoba, decenas de monitores mostraban mapas satelitales y listas de manifiestos de vuelos confidenciales que él mismo revisaba sin descanso.
Tres días.
Cuatro días.
Cinco días.
Para Dave, el tiempo parecía