Volver a casa después del viaje se sintió diferente.
Antes, regresar a Bogotá significaba entrar nuevamente a una rutina acelerada, casi automática. El celular sonando apenas aterrizábamos, reuniones acumuladas, pendientes urgentes.
Esta vez no.
La casa seguía tranquila. El jardín todavía olía a lluvia reciente y las luces cálidas del estudio hacían que todo se sintiera más íntimo.
Como si la vida hubiera aprendido a bajar la voz junto conmigo.
Los primeros días retomé el trabajo lentamente. No