El mar tiene una forma extraña de acomodar pensamientos.
Tal vez es el sonido constante de las olas. O la sensación de que todo se mueve sin pedir permiso. Pero después de varios días lejos de Bogotá, sentí que mi cabeza finalmente había bajado el volumen.
Ya no despertaba pensando en correos pendientes.
Ya no revisaba el celular apenas abría los ojos.
Y aunque parecía algo pequeño, para mí era enorme.
Aquella mañana desperté antes que Alejandro. La habitación estaba iluminada por una luz suave