Hay momentos en los que el pasado deja de doler.
No porque desaparezca.
No porque se olvide.
Sino porque finalmente deja de controlar quién eres.
Lo entendí una tarde lluviosa, mientras reorganizaba el antiguo archivo de la empresa.
Habíamos decidido digitalizar documentos viejos y limpiar varias oficinas que ya no utilizábamos. Lucía insistió en que debía dejar que otros hicieran ese trabajo, pero terminé apareciendo ahí igual, sentada entre cajas llenas de papeles, bocetos antiguos y carpetas