La vida dejó de sentirse como una carrera.
No pasó de un día para otro. Fue algo lento. Una sensación que empezó a instalarse en pequeños momentos: desayunar sin mirar el celular, regresar temprano a casa, sentarme en el jardín sin pensar en pendientes.
Y aun así, había días en los que me costaba creer que realmente podía vivir así.
Una mañana desperté antes que Alejandro. La habitación todavía estaba oscura y la lluvia golpeaba suave las ventanas. Me quedé acostada unos minutos, escuchando el