El día comenzó con una certeza incómoda:
ya no había marcha atrás.
El desfile estaba confirmado desde hacía meses, pero ahora tenía otro peso.
No era solo una colección.
Era una declaración.
Un acto de resistencia.
Bogotá amaneció cubierta por una neblina suave, como si la ciudad también contuviera el aliento. Desde la ventana del camerino observé el movimiento frenético del recinto: técnicos ajustando luces, modelos caminando con batas blancas, diseñadores corriendo con telas entre las manos.