Dormí poco esa noche.
O, más bien, dormí a ratos. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro tranquilo de Gabriel Verona, su sonrisa tensa, su voz como hilo delgado capaz de enredarse en la piel hasta cortar.
Alejandro despertó antes que yo.
Lo sentí moverse, levantarse lentamente para no hacer ruido.
Pero su ausencia me despertó igual.
—¿Ya vas a empezar a vigilarme desde el amanecer? —pregunté medio dormida.
Él regresó a la cama con una sonrisa leve, cansada.
—Me preocupa que sigas pensand