La adrenalina de la pelea se había transformado en una concentración de láser. La rabia de Rogue era el combustible, pero la mente de Spencer era el navegador. La apuesta era impensable: mi coche, y peor aún, la dignidad de Casey.
Me dirigí al pit stop donde Max ya tenía mi V8 de carrera a punto. Al pasar junto a Casey, me detuve.
—Vuelve al Porsche. Cierra la puerta y no la abras por nada —ordené, mi voz firme bajo el pasamontañas.
Ella me miró, y aunque el miedo era visible, la sumisión había