El sol se filtraba débilmente por la ventana del apartamento, una luz gris y perezosa. Abrí los ojos, y la primera sensación que me golpeó no fue la fatiga, sino el ardor. Mi espalda.
La pasión de la noche anterior, brutal y desesperada, se había grabado en mi piel. La había poseído con una intensidad que rozaba la violencia, una necesidad pura de reclamar lo que sentía que me pertenecía. Había sido un acto de supervivencia forzada, la única forma de anclarla a mi lado después de la verdad. Ell