Capítulo 5

Sofía se quedó paralizada mientras el corazón parecía querer saltarle de las costillas. El brazo de Diego seguía rodeándole la cintura, sintiéndose cálido y ajeno a través de la tela del vestido amarillo. Podía notar la respiración contenida de él cerca de su sien. Frente a ellos, el hombre de mediana edad con traje caro —el señor Valdez— los observaba con un brillo demasiado inquisitivo en los ojos.

—¿Una auditoría de campo? ¿Ahora? —Sofía intentó estabilizar la voz, aunque le temblaba ligeramente.

—Es solo un procedimiento estándar, señorita Sofía. Queremos asegurarnos de que las unidades tipo A caigan en manos de parejas que... digamos, tienen una intención sincera de formar un hogar, no solo de aprovecharse de la subvención —el señor Valdez sonrió, pero esa sonrisa no llegó a sus ojos, tan afilados como los de un águila.

Diego apretó el abrazo, atrayendo a Sofía más hacia él.

—Por supuesto, señor. Lo entendemos perfectamente. Disculpe nuestro estado: acabamos de volver de una cita y Sofía está algo cansada porque hemos caminado mucho hoy.

—¡Ah, qué romántico! —Valdez asintió, con los ojos posados en la mano de Diego sobre la cintura de Sofía—. ¿Podría pasar un momento? Solo diez minutos. Necesito verificar algunos detalles sobre el plan de uso del espacio.

Sofía lanzó a Diego una mirada de pánico disimulado. Su apartamento reflejaba a las claras un estilo de vida de soltera obsesionada con el orden. No había rastro alguno de hombre. Ni zapatos de talla grande, ni aroma masculino, nada.

—Lo siento mucho, señor Valdez —intervino Sofía con rapidez antes de que el hombre diera un paso más—. Mi apartamento está en proceso de embalaje. Hay cajas por todas partes; es un caos. Me sentiría muy incómoda con una visita en estas condiciones. ¿Le parece bien si hablamos en el vestíbulo? Hay una cafetería pequeña y acogedora allí.

—Así es —añadió Diego con un tono casual forzado—. Además, yo todavía no he tenido tiempo de limpiar los restos de pintura de mi propia unidad. Estamos muy ocupados eligiendo qué llevarnos a nuestra nueva casa en Armonía del Sol.

Valdez dudó un instante, pero finalmente asintió.

—De acuerdo. El vestíbulo está bien. Solo necesito unas respuestas rápidas.

Los quince minutos siguientes se sintieron como un interrogatorio bajo un foco. Valdez preguntó de todo: cómo se conocieron, quién propuso matrimonio primero, e incluso los planes de reparto de las tareas domésticas. Sofía y Diego respondieron con una sincronización asombrosa, como si llevaran años practicando esas mentiras.

—¿A quién le gusta más cocinar? —preguntó Valdez mientras tomaba notas.

—A Diego —respondió Sofía al instante.

—A Sofía —respondió Diego al mismo tiempo.

Se miraron. Sofía se aclaró la garganta.

—Quiero decir... a Diego le gusta cocinar, pero yo soy la que se asegura de que la cocina quede limpia después de que él la ensucie.

Diego soltó una risita breve y le dio una palmadita suave en la mano a Sofía.

—Sí, ella está muy obsesionada con la limpieza, señor. Creo que ese será el mayor reto de nuestro matrimonio.

Valdez cerró por fin su cuaderno.

—Gracias, señorita, señor. Creo que tengo una imagen suficiente. Mi informe será enviado al comité central en breve. Mucha suerte con su boda la semana que viene.

En cuanto el coche de Valdez desapareció, el abrazo de Diego se soltó como si la piel de Sofía se hubiera convertido en ascuas. Sofía dio un paso atrás y respiró hondo.

—Ha sido muy justo —susurró Sofía, con el rostro pálido.

—¿Justo? ¡Ha sido un desastre a punto de estallar, Sofía! No estamos preparados. ¡Para nada! —Diego se despeinó con frustración.

—Necesitamos terminar ese acuerdo ahora, Diego. ¡No mañana, no luego: ahora! —Sofía señaló el ascensor—. Vamos a mi casa. Acabemos el borrador esta misma noche.

Dos horas después, la sala de estar de Sofía se había convertido en un campo de batalla de documentos. El portátil estaba abierto, hojas de notas esparcidas sobre la mesa de cristal que solía estar inmaculada, y tres tazas de café negro se habían quedado frías en el rincón.

—Punto uno: Finanzas —Sofía tecleaba a una velocidad que rivalizaba con una máquina de estenografía—. Abriremos una cuenta conjunta exclusivamente para las cuotas hipotecarias y los suministros de la casa. Sin acceso para gastos personales. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —asintió Diego, sentado en el suelo con la espalda apoyada en el sofá—. Pero quiero una cláusula adicional: no quiero que me digas cómo gastar el resto de mi dinero en material de arte o cuerdas de guitarra.

—Mientras pagues tu parte de la cuota a tiempo, no me importa si quieres comprarte una isla privada. Anotado: los retrasos en el pago superiores a tres días conllevarán una penalización interna del cinco por ciento.

Diego puso los ojos en blanco.

—¿Una penalización? ¿Me estás tomando por un cliente de banco?

—Eres mi socio contractual, Diego. En el mundo del diseño, un retraso implica pérdidas. Necesito una garantía.

—¡Bien! Incluye ese punto disparatado —resopló Diego—. Ahora es mi turno. Punto de Privacidad: no quiero que entres a mi estudio sin permiso. ¡Aunque veas fuego allí, tienes que llamar a la puerta primero!

Sofía levantó los dedos del teclado.

—¿Fuego? ¿Piensas quemar la casa con tus cigarrillos?

—¡Es una metáfora, Sofía! Quiero decir que el estudio es mi espacio privado. No puedes reorganizar dónde están los pinceles, los lienzos ni el polvo.

—El polvo no es decoración, Diego. Pero de acuerdo: mientras la puerta de tu estudio permanezca bien cerrada y el olor no se propague a otras zonas, no entraré. Eso sí, tú también tienes prohibido entrar a mi despacho de la planta de arriba. Mi equipo informático es muy sensible a... todo lo que provenga de tu mundo.

—Trato. Ahora, el asunto más delicado —Diego se incorporó y miró a Sofía con seriedad—. Las normas para dormir.

Sofía guardó silencio. El ambiente de la habitación se enfrió de golpe.

—Tenemos dos habitaciones en esa unidad, ¿verdad?

—El tipo A de la primera fase solo tiene un dormitorio principal arriba, Sofía. El resto es espacio abierto y el estudio abajo. ¿No leíste bien los planos?

Sofía abrió los ojos de par en par. Se le subió el color a la cara al darse cuenta de que Diego tenía razón. Solo había un dormitorio, en la planta de arriba con un amplio balcón. Las zonas de abajo estaban diseñadas para la sala de estar y el cuarto de ocio.

—Esto... esto es imposible —murmuró Sofía—. ¡No puedo dormir en el sofá durante dos años!

—Y yo tampoco quiero destrozarme la espalda durmiendo en el sofá del estudio —replicó Diego—. Tenemos que compartir la habitación.

—¡No! ¡Jamás!

—Sofía, piensa con lógica. Si hay otra visita inesperada de algún auditor como Valdez, o si la señora Carmen aparece con un bizcocho por la mañana, ¿qué diremos si uno de los dos sale del sofá con el pelo revuelto?

Sofía se masajeó las sienes, que empezaban a palpitar.

—Bien. Compartiremos la cama, pero con condiciones muy estrictas. Compraré el cojín cilíndrico más grande que se venda en Sevilla como separador. Si un solo centímetro de tu cuerpo cruza ese límite, el contrato queda anulado y te mudas al sótano.

Diego se rió con una carcajada seca, sin humor.

—Créeme, tocarte mientras duermo es lo último en mi lista de deseos. Pegaré cinta adhesiva en el centro del colchón si hace falta.

—No te atrevas a pegar cinta en ese colchón caro —le advirtió Sofía—. Siguiente punto: hábitos de vida. Prohibición absoluta de fumar dentro de la casa.

—¿Qué? ¡Sofía, ese es mi estudio privado!

—¡El aire circula por la ventilación, Diego! No quiero que mis pulmones se conviertan en un cenicero pasivo por tu afición. Puedes fumar en el balcón exterior con la puerta bien cerrada.

—Eres una auténtica tirana, ¿lo sabías?

—Soy una persona que quiere vivir de forma saludable en una casa que le cuesta cara. Siguiente punto: normas para visitas. No se permite que ninguna visita se quede a dormir sin el consentimiento de la otra parte con al menos cuarenta y ocho horas de antelación.

—¿Eso incluye las citas? —preguntó Diego en tono provocador.

Sofía lo fulminó con la mirada.

—Especialmente las citas. Este acuerdo establece que somos un matrimonio a ojos del público. Traer a otra persona a esa casa equivale a ponernos el cuello bajo la guillotina legal. ¡Durante estos dos años tendrás que comportarte o buscarte otro sitio!

Diego se encogió de hombros, impasible.

—Justo. Tú también tendrás que hacer lo mismo. No quiero que aparezca ningún hombre de traje impecable en mi cocina mientras preparo el desayuno.

—No te preocupes, mis estándares son bastante más altos que eso —replicó Sofía con sarcasmo.

Siguieron discutiendo sobre detalles menores: quién sacaba la basura, la temperatura del aire acondicionado, hasta el horario de uso de la lavadora. Cada cláusula era una negociación agotadora, cargada de sarcasmo y miradas afiladas. Sofía exhibía su exasperante meticulosidad mientras Diego no dejaba de buscar resquicios para su libertad indómita.

Eran las dos de la madrugada cuando el borrador quedó por fin terminado. Siete páginas repletas de normas rígidas, frías y desapasionadas.

—Aquí está —Sofía giró el portátil hacia Diego—. Léelo una vez más. Asegúrate de entender cada palabra, porque una vez que lo firmemos no hay vuelta atrás.

Diego leyó el documento en silencio. La sala, normalmente tranquila, estaba ahora impregnada de una tensión densa. El zumbido del aire acondicionado sonaba como la respiración de un gigante que los vigilaba.

—El último punto sobre la rescisión del contrato —Diego señaló la pantalla—. Si uno de los dos se enamora de otra persona, ¿el contrato sigue vigente hasta que finalice el período de dos años?

—Sí. Los sentimientos no deben interferir con los activos inmobiliarios. Tenemos que seguir actuando hasta que la casa sea legalmente nuestra.

—¿Y si uno de nosotros... se enamora del otro? —preguntó Diego, bajando de repente la voz, ya fuera en broma o solo para provocarla.

Sofía soltó una risa cínica, aunque ignoró un extraño escalofrío en el estómago.

—Ese es un punto que no hace falta incluir, Diego. La probabilidad es la misma que la de que el sol salga por el oeste mañana. No va a ocurrir.

Diego la miró un buen rato con una expresión difícil de descifrar. Luego cogió el bolígrafo de la mesa.

—Tienes razón. Es un pensamiento ridículo.

Sofía imprimió el documento. El rugido de la impresora rompió el silencio de la noche como el veredicto de un juez. En cuanto el papel aún caliente salió de la bandeja, Sofía lo depositó sobre la mesa.

—Adelante, señor Marido por Contrato —dijo Sofía con frialdad.

Diego firmó cada página con un trazo firme, casi rabioso. Sofía le siguió con una rúbrica muy precisa, perfectamente alineada con la línea provista.

Una vez terminado, ambos se quedaron en silencio mirando la pila de papeles. El documento no era solo un acuerdo comercial; era el mapa hacia una nueva vida llena de apariencias.

—Bueno, ya es oficial —Diego se puso de pie y estiró el cuerpo entumecido—. Ahora somos cómplices.

—No lo llames así. Es una optimización de recursos para alcanzar un objetivo residencial —dijo Sofía, ajustando las gafas que en realidad no estaban torcidas.

—Llámalo como quieras, señorita Diseñadora. Pero recuerda una cosa —Diego se acercó, obligándola a mirarlo—. En el vestíbulo, cuando te abracé delante de Valdez... temblaste. No sé si fue de miedo o porque no estás acostumbrada a que te toque un hombre.

El rostro de Sofía se encendió.

—¡Fue porque me produces repulsión, Diego! No seas tan engreído.

—Me parece bien —Diego sonrió con una sonrisa cansada pero desafiante—. Porque a partir de la semana que viene lo haremos con más frecuencia. Delante de la señora Carmen, delante del banco, delante de todo el mundo.

Sofía no tuvo tiempo de replicar: el móvil sobre la mesa vibró con fuerza. Era un mensaje de texto.

De: Banco Armonía del Sol

Buenas noches. Dada la valoración muy positiva de la verificación de campo realizada esta noche, les invitamos a usted y a su pareja a asistir pasado mañana, a las 9:00 h, a una sesión de «Entrevista de Compatibilidad de Pareja» y a la presentación del acta de matrimonio original. La no presentación del documento original cancelará automáticamente la subvención.

Sofía miró la pantalla con los ojos desorbitados.

—¿Pasado mañana? ¿Nos piden el acta de matrimonio original... pasado mañana?

Diego leyó el mensaje por encima de su hombro. Su rostro, antes relajado, se tensó de golpe.

—¡No estamos casados, Sofía! ¡Acabamos de firmar este papel de locos! —exclamó Diego.

—Tenemos que ir al Registro Civil mañana por la mañana —la voz de Sofía se ahogó—. No hay tiempo para testigos de la oficina ni para tus amigos músicos. Tenemos que encontrar a alguien que pueda hacer de testigo de urgencia.

Justo en ese momento se oyó un golpe fuerte en la puerta del apartamento. Los dos se sobresaltaron.

—¿Quién llama a las dos de la madrugada? —susurró Diego.

Sofía caminó hacia la puerta con cautela y miró por la mirilla. Se quedó paralizada.

—¿Señora Carmen? —susurró con horror.

—¿Qué? —Diego se acercó.

—Está ahí de pie en bata y... ¿trae una bandeja? ¡Parece que ha estado escuchando!

Sofía y Diego se miraron con pánico puro. Su secreto, el contrato recién firmado y todo su plan estaban al borde del colapso antes de que amaneciera. Si Carmen había escuchado su discusión, todo habría terminado.

El golpe sonó de nuevo, más fuerte y exigente.

—¡Sofía! ¿Diego? ¡Sé que están ahí dentro! Escuché la impresora y... ¡ruidos! —La voz aguda de Carmen atravesó la puerta de madera—. ¡He traído churros calientes porque sé que las parejas jóvenes enamoradas suelen quedarse despiertas hasta tarde para... planear su futuro!

Sofía miró a Diego y luego al contrato sobre la mesa, todavía abierto. Si Carmen entraba y veía ese papel, estarían perdidos.

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