—¡Esconde el papel, Sofía! ¡Rápido! —susurró Diego, con la voz ronca por el pánico extremo.
—¿Dónde? ¿Dónde? —respondió Sofía en un susurro igualmente histérico, con las manos temblorosas mientras agarraba el contrato de siete páginas de la mesa.
—¡Debajo del sofá! ¡O en la licuadora! ¡Donde sea, pero que no lo vea!
Sofía arrojó el fajo de papeles debajo de los cojines del sofá, justo cuando el tercer golpe de la señora Carmen sonó más como un golpe de advertencia. Diego agarró de inmediato un t