41. Estar enamorada
Tomaba su mano mientras la explicaba cariñosamente lo que había sucedido y por qué ella estaba allí, en su habitación, padeciendo bajo sus manos.
— ¿Un… alacrán? — preguntó con voz pausada, pasando la resequedad de su garganta y moviendo los párpados lánguidamente.
No se acordaba de absolutamente nada, tan solo de haber salido de la casa, caminar hasta que sus piernas sintieron el vértigo y luego llegar a la cabaña, pero… ¿un alacrán? El desconcierto la golpeó sin contemplación.
El corazón del