40. Estoy aquí, preciosa
Más tarde de esa oscura y terrible noche, el doctor ya había tomado su pulso, escuchado el latir de su corazón y revisado sus pupilas.
Todo parecía indicar que el veneno no había llegado demasiado lejos, por suerte.
— ¿Cómo está doctor? — le preguntó él, al fin, sin poder contenerse un segundo más. La angustia era más grande que él, se había apoderado firmemente de su cuerpo y no lo dejaría en paz hasta saber que su ninfa de fuego estaba fuera de peligro.
— Desconozco hasta donde ha podido lleg