Sobre las blancas sábanas, el brazo en el que Estefanía tenía conectada la vía dejaba de ser el suyo. Por entre sus pesados párpados, veía su brazo rollizo de siempre y luego uno reseco y lánguido, como el de una momia con el pellejo pegado a los huesos.
Tanta confusión la mareaba.
La mujer raquítica de la fotografía en la revista no era ella, no podía ser ella.
Ella era una vaca, un elefante, ¡una ballena!
Johannes estaba a su lado cuando volvió a despertarse. Su mirada de reprobación le a