En la pequeña cabaña rentada en un apartado pueblo, entre campos y bosques, Estefanía no recordaba haber oído tanto silencio. Los ahorros que había guardado de los abultados sueldos que recibió en el grupo Mavke le permitieron tomarse un descanso y concentrarse en ella, en sanar.
Se despertaba cada día a la misma hora que en su jornada laboral, aún sin alarma. Salía a recorrer los alrededores, trotaba, descansaba oyendo los susurros de los árboles. Regresaba caminando, cansada y, luego de una