En la sala de su departamento, Estefanía miraba el teléfono en su mano. La persistente idea de llamar a su jefe para preguntarle cómo había resultado todo la tenía paralizada, incapaz de usar sus energías en algo más. Había ropa que lavar, una cena que preparar, polvo que sacudir, libros que ordenar, pero ella seguía mirando el teléfono.
Salió del estancamiento y marcó su número. Dio un suspiro de alivio al oír su voz. Unos milisegundos después, pensó que habría sido más prudente escribirle u