Desde el pequeño refugio que Sheily había encontrado y donde recuperaba apenas la conciencia, oyó el desorden que hacía Monroe al buscarla. Tiraba cosas, movía otras. Se oía cada vez más cerca y ella no podía moverse, el cuerpo no le respondía.
—¿Quieres saber cómo supe que eras la perra de Edward? Sal y te lo diré.
Sheily intentó rodar los ojos, pero se le fueron para cualquier parte. No iba a salir ni aunque le pagaran.
—Pensé que era un buen hombre, pero me equivoqué. Los hombres buenos