El cuerpo de Sheily ardía entre los brazos de Johannes. Su ingente calor le atravesaba la ropa y más la aferraba.
—¿Puedes darte prisa? —apuró al conductor.
Él la tenía entre sus brazos en el asiento trasero del auto, pero la perdía... De nuevo.
*—Una aburrida cena de negocios más, ya me duele la cara de tanto sonreírle a estos ineptos y arrogantes chupapollas —la rubia bebió un sorbo de su martini, con expresión indiferente—. De ahora en adelante les sonreirás tú por mí, perro. ¿Entendido?