Mundo ficciónIniciar sesiónDante Volkov no caminaba, él dominaba el espacio con la prepotencia de un monarca absoluto. Entró en el restaurante privado del Club de Inversores exhibiendo la arrogancia desmedida de quien se cree dueño indiscutible del mundo entero. Aquel lugar, de techos altos, maderas nobles y luz tenue, era el santuario donde la élite financiera de la ciudad sellaba los pactos más codiciosos. A su lado, su nueva prometida, enfundada en un vestido de cóctel que destilaba una elegancia ruidosa, se aferraba con fuerza a su brazo, moviendo la mano de manera estratégica para lucir un enorme diamante de corte princesa. Un anillo ostentoso que Isadora, en sus tres años de matrimonio, jamás tuvo. Dante estaba allí aquella tarde para cerrar de una vez por todas la compra de una división tecnológica estratégica perteneciente a Steele Media. Era un movimiento maestro y despiadado que, según sus propios cálculos, terminaría de hundir para siempre el legado de su exesposa en el mercado.
Al acercarse a la recepción de alta seguridad del recinto, Dante ajustó los puños de su chaqueta, esperando la habitual pleitesía.
—Señor Volkov, la junta directiva de Steele lo espera ya en el salón privado del fondo —anunció el recepcionista con un hilo de voz, evitando deliberadamente sostenerle la mirada—. Pero me temo que ha surgido un cambio de última hora en la agenda corporativa. El señor Matthew Steele no dirigirá la sesión de negociaciones el día de hoy.
Dante frunció el ceño de inmediato. Las facciones de su rostro se endurecieron y su mandíbula se tensó de una forma violenta, delatando su nula paciencia.
—Matthew Steele me citó a mí personalmente hace semanas —replicó Dante, arrastrando las palabras con un tono cargado de desprecio—. ¿Quién demonios en esa empresa se atreve a hacerme perder el tiempo de esta manera?
Sin molestarse en esperar una respuesta o una disculpa, Dante empujó las pesadas puertas dobles de roble del salón privado. El interior de la sala de juntas VIP se encontraba en una densa penumbra, a excepción de un haz de luz artificial que caía de forma directa sobre la cabecera de la mesa de mármol negro. Allí, una mujer revisaba con absoluta parsimonia unos documentos electrónicos en una tableta. La luz azulada de la pantalla iluminaba unos pómulos perfectamente marcados y una mirada afilada que Dante tardó un segundo completo en procesar. Era hielo puro. Un magnetismo oscuro y sofisticado que nunca antes había visto en ella.
—Llegas tarde, Dante —dijo ella con voz gélida, sin molestarse siquiera en levantar la vista de los archivos.
Dante se detuvo en seco en medio de la alfombra. Su corazón, un órgano usualmente de piedra y habituado a controlar cada latido, dio un vuelco violento y doloroso en su pecho. Aquella voz... era inconfundiblemente la misma que había implorado piedad bajo la lluvia torrencial la noche en que la despojó de todo, pero el tono era completamente desconocido. No quedaba el más mínimo rastro de la mujer sumisa, dócil y predecible que solía cocinar sus cenas en silencio y soportar sus desprecios con la cabeza baja.
—¿Isadora? —la voz de Dante salió del fondo de su garganta como un gruñido ronco, teñido de una incredulidad absoluta—. ¿Qué clase de broma estúpida es esta? Fuera de aquí inmediatamente. Este es un lugar exclusivo para hacer negocios de alto nivel, no para que vengas a dar lástima vestida de oficina.
Isadora finalmente levantó la mirada, clavando sus ojos oscuros en él. Se puso de pie de manera lenta, majestuosa, revelando una silueta poderosa y estilizada que el traje sastre blanco de diseñador acentuaba a la perfección. Al apoyar su mano sobre la superficie pulida de la mesa, un imponente anillo con un zafiro negro —el sello inconfundible de la familia Steele— brilló bajo la luz focalizada con una intensidad ominosa.
—La lástima es un sentimiento barato que dejé tirado en la basura el mismo día que firmé los papeles del divorcio —respondió ella, comenzando a rodear la mesa de caoba con una gracia felina, casi depredadora—. No soy una intrusa en esta reunión, Dante. Soy la nueva Directora Ejecutiva absoluta de esta división tecnológica. Y, por extensión legal, tu nueva superior jerárquica en este acuerdo comercial.
—¡Eso es completamente imposible! —intervino la mujer que acompañaba a Dante, con una voz chillona que denotaba una profunda inseguridad—. Solo eres una muerta de hambre desbancada que no tiene dónde caer...
Isadora ni siquiera se dignó a mirarla; la ignoró como si fuera una mota de polvo en el aire. Se detuvo a escasos centímetros de Dante, invadiendo su espacio con una audacia tremenda. El perfume de ella, una fragancia intensa que mezclaba el misticismo del sándalo con una nota punzante de peligro, lo envolvió por completo, bombardeando su mente con fragmentos de una vida que él creía haber borrado y sepultado con éxito.
—Señor Volkov, le presento formalmente a Isadora Steele —la voz barítona de Matthew Steele resonó con una fuerza magnética desde las sombras del rincón más apartado del salón.
Matthew dio un paso firme al frente, saliendo de la penumbra. Vestía un traje de corte impecable que imponía respeto con solo mirarlo. Ante los ojos estupefactos y desorbitados de Dante, el magnate extendió su mano y rodeó la cintura de Isadora con una posesividad arrolladora, pegando el cuerpo de la mujer al suyo de una manera íntima.
—Mi socia, mi líder de proyectos y... mi legítima esposa —sentenció Matthew, clavando sus ojos de acero en el rival.
Dante sintió de golpe que el suelo firme se abría en un abismo bajo sus pies. Todo el color abandonó su rostro en un parpadeo, dejándolo lívido mientras miraba fijamente la mano enguantada de Matthew descansando sobre la cadera de la mujer a la que él había desechado como si fuera basura inservible.
—¿Tu... tu esposa? —repitió Dante, sintiendo que cada sílaba le quemaba la garganta como si fuera ácido.
—Asumí el liderazgo de esta empresa esta misma mañana, Dante —sentenció Isadora, liberándose con elegancia del agarre de Matthew para volver a su asiento presidencial con una sonrisa gélida que prometía destrucción—. Y lo primero que haré en mis funciones es revisar minuciosamente cada término del contrato que pretendías firmar. He decidido de manera unilateral que las condiciones financieras y operativas que propusiste son... completamente inaceptables para una corporación de mi nivel. El trato está suspendido.
Dante apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron completamente blancos y las venas de sus brazos se marcaron bajo la tela de la camisa. En su pecho, una mezcla ponzoñosa de odio puro y una extraña, retorcida y oscura chispa de deseo se encendieron al mismo tiempo. Isadora no solo había sobrevivido al golpe; había mutado en un ser superior que ahora lo miraba desde arriba.
—Esto no se va a quedar así, Isadora —amenazó Dante, con la voz temblando sutilmente debido a la rabia contenida—. Me las vas a pagar.
Isadora se limitó a levantar un dedo de su mano enjoyada, señalando con desprecio la puerta de doble hoja.
—Puedes retirarte de mis instalaciones ahora mismo, Volkov. Mi asistente personal te enviará la notificación formal de la rescisión del acuerdo por la mañana. O, si prefieres quedarte a discutir los nuevos términos, puedes empezar por pedirme perdón de rodillas en este mismo suelo. Tú eliges.
Dante, cegado por el orgullo herido, dio un paso agresivo hacia ella, pero el cuerpo imponente de Matthew se interpuso de inmediato en su camino. La mirada gris del Segador prometía una violencia letal si se atrevía a avanzar un solo milímetro más. Completamente humillado frente a su nueva pareja, sus socios y el hombre más poderoso de la ciudad, Dante dio media vuelta y salió disparado del salón, azotando las puertas a su paso.
En el pesado silencio que quedó flotando en el ambiente, Isadora cerró los ojos por un breve segundo, soltando finalmente el aire caliente que no sabía que estaba reteniendo en sus pulmones. El pulso le iba a mil por hora.
—Lo hiciste impecable, loba —susurró Matthew, inclinándose sobre su oído con una calidez inusual.
—Esto es solo el principio del fin, Matthew —respondió Isadora, abriendo sus ojos decididos y mirando con fijeza la puerta cerrada—. No me detendré hasta verlo perder absolutamente todo lo que le importa.







