Dante Volkov no caminaba, él dominaba el espacio con la prepotencia de un monarca absoluto. Entró en el restaurante privado del Club de Inversores exhibiendo la arrogancia desmedida de quien se cree dueño indiscutible del mundo entero. Aquel lugar, de techos altos, maderas nobles y luz tenue, era el santuario donde la élite financiera de la ciudad sellaba los pactos más codiciosos. A su lado, su nueva prometida, enfundada en un vestido de cóctel que destilaba una elegancia ruidosa, se aferraba con fuerza a su brazo, moviendo la mano de manera estratégica para lucir un enorme diamante de corte princesa. Un anillo ostentoso que Isadora, en sus tres años de matrimonio, jamás tuvo. Dante estaba allí aquella tarde para cerrar de una vez por todas la compra de una división tecnológica estratégica perteneciente a Steele Media. Era un movimiento maestro y despiadado que, según sus propios cálculos, terminaría de hundir para siempre el legado de su exesposa en el mercado.Al acercarse a la rec
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