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Capítulo 3: El Pacto en las Alturas

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El viento en la azotea del edificio Titanium era feroz, un torbellino helado que aullaba entre las estructuras de metal y amenazaba con arrancar cualquier rastro de debilidad. Sin embargo, ninguna ráfaga de la tormenta que se alejaba era tan fría como el vacío que Isadora sentía en el pecho. Vestía una gabardina negra que Verónica le había prestado a toda prisa y unas botas militares que reemplazaban los tacones ensangrentados de la noche anterior. Su nuevo corte de cabello, asimétrico, corto y rebelde, bailaba salvajemente con el viento, haciéndola luir como una guerrera urbana nacida del asfalto en lugar de la abnegada y elegante esposa que solía ser hasta hace unas horas.

—¿Estás completamente segura de esto, Isa? —la voz de Verónica apenas logró romper el rugido del viento. Permanecía junto a la puerta de acceso de la azotea, abrazándose a sí misma, con el rostro pálido y la mirada cargada de una profunda preocupación—. No tienes por qué hacer esto. Puedes venir a mi departamento, podemos pensar en algo...

—Él me citó aquí, Vero —respondió Isadora sin mirar atrás, manteniendo los ojos fijos en el cielo nocturno y nublado—. Un mensaje encriptado directo a mi terminal privada justo después de que Dante me echara a la calle y los guardias me sacaran de la gala. Matthew Steele no envía invitaciones a medianoche a mujeres indefensas. Si tiene algo que decirme, voy a escucharlo. Ya no tengo nada más que perder.

A las 11:00 p.m. en punto, el zumbido ensordecedor de unas hélices rompió el tenso silencio de la noche. Desde la oscuridad de las nubes, un helicóptero negro mate, carente de insignias o matrículas visibles, descendió sobre el helipuerto con una precisión quirúrgica, haciendo vibrar el suelo bajo los pies de Isadora. Tan pronto como los patines tocaron el concreto, la compuerta lateral se deslizó con suavidad.

De la cabina descendió un hombre que irradiaba una elegancia intimidante y peligrosa. Era Matthew Steele. Los tabloides financieros lo llamaban "El Segador de Wall Street". No era solo un hombre ridículamente atractivo, dotado de una mandíbula afilada que parecía esculpida en piedra y unos ojos grises tan gélidos como el acero; Matthew era el depredador alfa del mundo corporativo. El único hombre frente al cual el arrogante Dante Volkov temblaba de verdad.

Matthew avanzó con paso firme, ignorando el viento que azotaba los faldones de su costoso abrigo oscuro. Se detuvo a dos metros de Isadora, estudiándola minuciosamente con esos ojos grises que parecían capaces de leer los secretos más oscuros de su alma. Su mirada se detuvo un milisegundo en su cabello recién cortado y en las botas militares. Una chispa de satisfacción casi imperceptible cruzó por sus facciones.

—Mírate. Pasaste de ser la muñeca de porcelana de la alta sociedad a una mujer dispuesta a saltar al vacío en menos de tres horas —dijo Matthew, su voz era profunda, un barítono magnético que vibró en el aire frío—. Puntual. Me gusta.

—Me enviaste un mensaje diciendo que tenías una propuesta que no podría rechazar —replicó Isadora, cruzándose de brazos, sosteniéndole la mirada a pesar de la abrumadora presencia del magnate—. No he venido a buscar simpatía, Steele. Habla. ¿Por qué me citaste? Yo no soy empresaria, no tengo acciones, no tengo dinero. Dante se encargó de dejarme en la calle. No tengo nada que ofrecerte.

Matthew curveó los labios en una sonrisa fría, calculadora y fascinada. Dio un paso lento hacia ella, invadiendo su espacio personal con una templanza dominante, obligándola a inclinar levemente la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual. El aroma a sándalo y cuero caro de su perfume la envolvió de inmediato.

—Te equivocas, Isadora. Tienes el activo más valioso e incorruptible del mercado para mí —Matthew se acercó un paso más, quedando a escasos centímetros de ella. Sus ojos grises brillaron con una intensidad peligrosa—. Fuiste su mujer. Viviste con él durante años. Dormiste en su cama, escuchaste sus llamadas nocturnas, conoces sus rutinas, sus mayores inseguridades y, sobre todo, sabes exactamente qué hilos mover para hacerlo perder la cabeza.

Isadora entreabrió los labios, sorprendida por la fría lógica del magnate.

—Dante es un hombre meticuloso, pero también es un narcisista arrogante —continuó Matthew, su tono bajando a un susurro persuasivo que le erizó la piel—. Cree que porque nunca trabajaste en la constructora, eras solo un adorno en su brazo. Cree que estás destruida y que te quedarás llorando en un rincón. No se imagina que su mayor amenaza no soy yo, ni mis millones... eres tú. Tú conoces al hombre detrás de la máscara. Conoces al Dante real. Y yo necesito ese conocimiento para destruirlo.

—¿Y por qué quieres destruirlo tú? —preguntó ella con desconfianza, tratando de mantener la guardia alta.

—Porque Dante Volkov cruzó una línea al intentar meterse en mis terrenos, e intentó usar activos para competir conmigo. A mí no me gustan los competidores, Isadora. Me gusta el monopolio absoluto —Matthew extendió una mano enguantada en cuero negro hacia ella, con una seguridad absoluta—. Así que te propongo un pacto. Yo te daré los recursos. Te daré el dinero que necesitas, el respaldo de mi apellido, los abogados más despiadados del continente y el poder para pararte frente a él y asfixiarlo financieramente. Te pondré en la cima, justo encima de su cabeza, para que puedas usar todo lo que sabes de él y destruirlo desde adentro.

Isadora miró la mano extendida. El corazón le latía con fuerza en los oídos. Matthew estaba usando su sed de venganza, alimentando el fuego de su traición para convertirla en el arma perfecta.

—¿A cambio de qué, Matthew? —preguntó con la voz temblorosa pero firme—. Un hombre como tú no regala imperios por diversión.

—A cambio de tu presencia a mi lado. Necesito limpiar mi implacable imagen pública ante los inversores para asegurar la licitación del nuevo puerto; un compromiso formal con la heredera legítima de los Cavalli me dará la fachada perfecta que el comité exige. A partir de mañana, serás mi prometida ante los medios de comunicación. Vivirás bajo mi techo, usarás mi anillo y responderás ante mí. Nos usaremos mutuamente. Yo obtengo mi licitación y la cabeza de Dante; tú obtienes tu venganza y la devolución de todo lo que te pertenece. Después, serás libre de irte.

Isadora procesó la propuesta. Era una locura. Estaba a punto de encadenarse a un hombre que era infinitamente más peligroso, calculador y dominante que su exmarido. Pero al mirar la mano de Matthew, recordó la risa de Dante y la humillación en la gala. El odio que corría por sus venas fue más fuerte que el miedo.

—Trato hecho —sentenció ella, encajando su mano con la de él en un agarre firme.

Antes de que pudiera retirar los dedos, Matthew tiró de su brazo con un movimiento brusco y demandante, pegando el cuerpo de Isadora contra el suyo. Sosteniéndola firmemente por la nuca con su mano enguantada, inclinó el rostro y la reclamó con un beso abrasador. No fue un beso de amor, ni de consuelo; fue una marca de fuego, un sello de propiedad absoluta que le robó el aliento y le dejó claro, a través de la firmeza de sus labios, quién tenía el control del pacto.

Justo en ese instante de máxima tensión, un destello cegador estalló desde la azotea del edificio de enfrente. Un fotógrafo anónimo, estratégicamente posicionado por el propio Matthew, acababa de capturar el ángulo perfecto.

Matthew se separó apenas unos milímetros, manteniendo sus ojos fijos en los labios húmedos y sorprendidos de ella, mientras una sonrisa oscura y triunante se formaba en su rostro.

—Felicidades, futura señora Steele —susurró contra su piel, con una voz ronca que le erizó la columna—. Mañana a primera hora, el mundo entero sabrá que Dante Volkov cometió el peor error de su patética vida al dejarte ir. La prensa se encargará del resto. Te espero en mi oficina a las ocho en punto. No me hagas esperar.

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