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Capítulo 2: El Despertar de la Leona

La lluvia no cesaba, cayendo con una furia implacable que parecía un castigo divino, como si el cielo gris de la ciudad también llorara la caída fulminante del imperio de los Cavalli. Isadora caminaba sin rumbo por las aceras oscuras de la metrópolis, completamente empapada. El agua helada se filtraba a través de su gabardina de diseñador y corría por su rostro, arrastrando el costoso maquillaje de la gala en hilos oscuros que manchaban su piel. Tenía las manos entumecidas y los pies llagados y sangrantes por culpa de los tacones de aguja que, hace apenas unas horas, se erigían como el símbolo inequívoco de su elegancia y estatus. Cada paso sobre el asfalto mojado era un dolor punzante, una dolorosa metáfora de su realidad actual: no tenía dinero, no tenía llaves, sus cuentas bancarias estaban congeladas por la corporación y, para el resto del mundo, su nombre ahora era sinónimo de un escándalo financiero de proporciones monumentales.

En medio de su desesperación y con el orgullo hecho trapos, Isadora supo que solo quedaba un lugar en toda la ciudad donde no sería juzgada, un rincón donde no era "la heredera destituida" ni el blanco de las cámaras de los buitres de la prensa, sino simplemente Isadora.

Cuando finalmente llegó al modesto y desgastado edificio de apartamentos en el sur de la ciudad, sus dedos temblaban tanto por el frío y la adrenalina que apenas tuvo la fuerza necesaria para presionar el timbre del intercomunicador. No tuvo que dar su nombre; el zumbido de la cerradura eléctrica resonó de inmediato. Al llegar al tercer piso, la puerta del apartamento se abrió de golpe antes de que pudiera tocar.

—¡Isadora! Por Dios, estás hecha un completo desastre —la voz cargada de pánico pertenecía a Verónica, su única amiga leal desde los años de universidad. Sin dudarlo un segundo, Verónica la tomó del brazo y la arrastró con firmeza hacia el interior del pequeño, pero cálido y acogedor departamento.

—Él... él se lo llevó todo, Vero. Me lo quitó todo en un segundo —logró articular Isadora con la voz quebrada, sintiendo que las piernas le fallaban antes de colapsar pesadamente sobre el sofá de tela.

El ambiente del lugar, impregnado de un reconfortante olor a café recién colado y esencia de vainilla, contrastaba de una forma dolorosa y casi violenta con la gélida opulencia de la mansión de la que acababa de ser expulsada como si fuera una criminal. Verónica, reaccionando con la eficiencia que siempre la caracterizaba, se movió con rapidez por el lugar. Envolvió a Isadora en una manta de lana gruesa, le quitó los zapatos ensangrentados y, con el control remoto en mano, encendió el televisor para evaluar los daños.

Los canales de noticias locales ya estaban transmitiendo un reportaje especial de última hora. Las imágenes eran brutales y directas. Un cintillo rojo parpadeaba en la parte inferior de la pantalla con letras blancas e implacables: "Dante Volkov asume el mando total de Arquitectura Cavalli. Sonia Ruiz, la nueva mano derecha de la corporación, confirma de manera oficial que Isadora Cavalli está bajo una investigación penal por un millonario fraude y desvío de fondos". La pantalla mostró un fragmento de Sonia, vistiendo un impecable traje sastre, dando declaraciones con una profesionalidad fría que ocultaba una malicia maquiavélica.

—Esa maldita víbora de Sonia... siempre estuvo de su lado, planificando esto a tus espaldas —gruñó Verónica con los dientes apretados, apagando la pantalla de un manotazo lleno de rabia antes de que los comentaristas continuaran destrozando la reputación de su amiga—. Pero escúchame muy bien, Isa: podrán haberte arrebatado el apellido Cavalli de los contratos, podrán haberte vaciado las cuentas bancarias y robado tu casa, pero hay algo que esos infelices nunca podrán quitarte: tu cerebro. Tú diseñaste cada uno de esos proyectos internacionales. Tú eres la mente brillante detrás de la firma, no él. Dante Volkov no es más que un parásito que aprendió a vestirse con tus logros.

Isadora se quedó completamente inmóvil, con la mirada perdida en un punto fijo de la pared del pasillo. Las palabras de Verónica flotaron en el aire del apartamento, actuando como un bálsamo y un detonante al mismo tiempo. El dolor agudo e insoportable que sentía en el pecho, ese vacío provocado por la humillación y la traición del hombre al que había amado, comenzó a enfriarse. El llanto cesó de golpe, dando paso a algo mucho más sólido, denso y peligroso: una sed pura y calculada de justicia.

Con una lentitud casi mística, Isadora se levantó del sofá, dejando caer la manta. Caminó con paso firme hacia el espejo del pasillo y se detuvo a observar su reflejo. No reconoció a la mujer derrotada, con el rostro manchado de rímel y los hombros caídos, que le devolvía la mirada. Esa no era una Cavalli. Esa era la versión que Dante había moldeado para su propia conveniencia.

—Vero, pásame las tijeras de costura —pidió Isadora, manteniendo una calma y una frialdad en la voz que asustó visiblemente a su amiga.

—¿Para qué las quieres, Isa? Por favor, estás bajo demasiada presión, no vayas a cometer ninguna locura de la que te arrepientas... —titubeó Verónica, retrocediendo un paso.

—Pásamelas, Verónica. Ahora mismo —insistió Isadora, extendiendo la mano sin apartar los ojos de su propio reflejo.

Al recibir el pesado metal de las tijeras, Isadora no dudó. Con manos completamente firmes y carentes de temblor, tomó un grueso mechón de su largo y sedoso cabello castaño; ese mismo cabello que Dante siempre le pedía que se dejara largo y suelto porque decía amar cómo la hacía ver "delicada y femenina" ante sus socios. Click. Click. El sonido de las hojas de metal cortando la fibra resonó de forma tajante en el silencio del apartamento. Los mechones castaños comenzaron a caer al suelo de madera, acumulándose como hojas muertas en el otoño. Con cada corte, Isadora sentía que se despojaba de una capa de debilidad. Cuando terminó, su nuevo corte de cabello era asimétrico, moderno, rozando la mandíbula con líneas rectas y una mirada feroz que denotaba peligro.

—Dante quería una esposa sumisa y moldeable a la que pudiera pisotear y desechar cuando ya no le fuera útil —dijo Isadora, clavando sus ojos oscuros en el espejo, reconociendo finalmente a la mujer que renacía de los escombros—. Ahora va a tener que conocer a la enemiga implacable que él mismo construyó con sus traiciones.

En ese preciso instante, su teléfono celular, que milagrosamente aún conservaba un hilo de batería tras la tormenta, volvió a iluminarse sobre la mesa con el mensaje pendiente de Matthew Steele. Isadora tomó el dispositivo y lo apretó contra su pecho con fuerza. Ya no tenía un hogar que proteger, ni una reputación que cuidar, ni un esposo al que guardarle respeto. No le quedaba absolutamente nada que perder, y en el mundo de la alta sociedad corporativa, eso la convertía de inmediato en la persona más peligrosa del planeta.

—Vero, mañana a primera hora iré a ese helipuerto en el Soho —sentenció Isadora, con una determinación inquebrantable, mientras guardaba en su bolso de mano lo único que le quedaba de valor real: un boceto original y encriptado que su padre le había entregado en su lecho de muerte. Un plano arquitectónico que contenía un secreto estructural y financiero que Dante Volkov, en su infinita codicia, todavía no alcanzaba a comprender. La guerra acababa de comenzar.

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