El silencio en el búnker de Matthew no era pacífico; era denso, pesado, cargado con el olor a ozono de las pantallas y el sutil perfume a madera y peligro que él emanaba.
—¿Firmas el pacto con el diablo o la dejas morir? —Las palabras de Matthew flotaron entre nosotros, frías, desprovistas de cualquier rastro de piedad.
Lo miré a los ojos, buscando con temor y llena de dudas, una grieta en su armadura de acero y trajes a medida. No encontré nada. Él hablaba en serio. Para Matthew Steele, la vid