Dante Volkov me observaba desde el otro lado del salón de la gala con una mezcla de odio y una fascinación enfermiza que me revolvía el estómago. Sabía que no se quedaría de brazos cruzados; un hombre como él no acepta la derrota, la devora hasta que se convierte en veneno.
—¿Te sientes observada? —susurró Matthew cerca de mi oído, su aliento rozando mi cuello y provocando un escalofrío que no era de miedo, sino de una anticipación eléctrica.
—Es un animal herido, Matthew. Y los animales herido