La noche había caído como una manta tibia sobre la ciudad. Desde la terraza del ático, las luces titilantes de los edificios parecían respiraciones lejanas. Vincent y yo compartíamos el silencio de quienes tienen mucho que decir, pero no saben por dónde empezar. Yo tenía una copa de vino entre las manos; él también, aunque su atención no estaba en el cristal, sino en el horizonte.
Estaba rara. Lo sabía. Desde la mañana no dejaba de pensar en Juliette. En esa mujer que alguna vez tuvo su corazón