Elena se encontraba en su habitación, mirando el uniforme blanco que yacía sobre la cama. Durante años, esa tela había sido su armadura, el símbolo de su esfuerzo y de su independencia. Pero esa mañana, Rosa, la jefa de llaves de mirada severa y labios sellados, había entrado con una funda de seda negra que colgaba de su brazo como una sentencia.
—El señor Moretti ha sido muy específico —dijo Rosa, extendiendo el vestido sobre la silla—. No quiere que parezca una empleada. Esta noche, usted es