El primer destello de luz fue un puñal. Dante se despertó con un gruñido, cubriéndose el rostro con el brazo. Le ardían los globos oculares, pero era un dolor vivo, eléctrico, muy diferente a la pesadez sorda de los días anteriores.
Parpadeó repetidamente. El mundo no era nítido, pero ya no era negro. Era como mirar a través de un cristal empañado por el vaho. Veía manchas de color, sombras que cobraban volumen, el brillo dorado de los marcos de los cuadros en las paredes.
Y entonces, frente a