Elena se encerró en su habitación, apoyando la espalda contra la puerta de madera tallada. Le ardía la palma de la mano por el bofetón que le había dado a Dante, pero le ardían más los labios. El beso no había sido un beso; había sido una marca de propiedad, una invasión que la dejaba sintiéndose sucia y, al mismo tiempo, aterradoramente viva.
—Es un animal —susurró para la estancia vacía—. Un animal herido que todavía cree que puede morder.
Se dirigió al pequeño baño de su suite para lavarse l