La luz de la luna se filtraba por las pesadas molduras de la suite de Dante, dibujando patrones de plata sobre el desorden de la habitación. Elena entró sin llamar, cargando una bandeja metálica que pesaba más que su propia conciencia. Dentro no solo llevaba suero fisiológico y compresas; llevaba la mentira que debía sostener frente a un hombre que podía oler el miedo a diez metros de distancia.
Dante estaba sentado en su sillón, con la camisa abierta hasta la mitad del pecho. No se giró al oírl