C16. El rastro del perfume.
Giovanni Ferrari
Roma amaneció gris, como si la ciudad supiera que mi paciencia se había acabado. Pasé la noche en el sofá del despacho, con el cuello tieso y el alma amarga. No subí a ver a Francesca.
No quería ver su mirada de mártir ni oler el incienso de su cuarto.
Me bañé con agua helada para espabilarme. Necesitaba sentir algo que no fuera frustración. Al bajar a la cocina, me encontré con la peor sorpresa del día. Mi suegra estaba allí, sentada en la mesa, sirviéndose café como si fuera