Capítulo 88. Sin querer darle explicaciones.
El motor de la motocicleta negra se apagó. Lucas bajó la pata de cabra. Sus botas golpearon la acera de San Diego. Caminó directo a la reja de hierro blanco.
Golpeó el metal con el puño cerrado. Tres golpes secos. Fuertes.
Silencio. No hubo movimiento en el porche. Las luces de la casa estaban apagadas.
Lucas volvió a golpear la reja. Esta vez con más fuerza. El metal vibró.
—¡Claritza! —gritó él. Su voz cortó la calle solitaria—. Sé que estás ahí. Por favor, ábreme.
La puerta principal de mad