Capítulo 33. Cinco minutos en el infierno.
El carraspeo fuerte del padre de Olivia rompió la burbuja de lujuria y sudor en la que estaban metidos.
—Bueno, bueno —dijo el señor Montenegro desde el porche, con los brazos cruzados y una media sonrisa—. Ya ganó el duelo, joven. Ahora suelte a la rehén antes de que los vecinos empiecen a vender entradas.
Liam se separó de Olivia lentamente, a regañadientes. Sus ojos grises seguían clavados en la boca hinchada de ella.
—Tengo mis cinco minutos —le recordó a Olivia, en un susurro ronco solo pa