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El despacho de Adrian olía a cuero antiguo y decisiones que cambiaban vidas. Clara observó al abogado Beaumont—un hombre de sesenta años con traje gris impecable y expresión que había visto mil tragedias legales—extender tres documentos sobre el escritorio de caoba como si fueran sentencias de muerte.

Porque lo eran.

—Como Clara Morel—dijo Beaumont con voz profesional que no contenía juicio pero tampoco compasi&oa

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