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La pistola de Damien seguía apuntando al suelo. El cuerpo de Dmitri yacía a tres metros, con un agujero perfecto en el centro de la frente.

Nadie se movía.

Ni los guardias apostados en las puertas del gran salón. Ni los herederos secundarios que habían venido a presenciar mi ejecución. Ni siquiera Marcus, cuya expresión había pasado de triunfo anticipado a algo que podría interpretarse como sorpresa genuina.

S

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