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Tres meses en prisión habían sido suficientes para enseñarme que el mundo exterior seguía girando sin mí.

Las paredes grises de mi celda no detenían el tiempo. Los barrotes en mi ventana no impedían que las estaciones cambiaran. Y las cadenas en mis muñecas—metafóricas y literales—no evitaban que todo lo que había conocido se transformara en algo irreconocible.

Pero nada me había preparado p

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