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El reloj marcaba las seis de la mañana cuando los guardias vinieron por nosotros. Otra vez. Como si el amanecer en este maldito castillo fuera sinónimo de tortura programada.

No hubo cortesía esta vez. Solo golpes secos en las puertas y órdenes que resonaban en los corredores de piedra: "Al gran salón. Ahora."

Me levanté de la cama sin protestar. Tres días en este infierno me habían enseñado que la resistencia solo p

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