VICTORIA
Al encender la luz, el aire se siente denso, impregnado de un olor a tabaco barato y colonia fuerte que no pertenece a mi casa. El hombre sentado en mi sillón no se inmuta ante mi presencia. Cruza una pierna con parsimonia, revelando la culata de una pistola asomando bajo su chaqueta de cuero. Tiene los ojos fríos, de un azul deslavado que me recuerda al hielo de Alaska. Es un rostro marcado por la violencia, alguien que no pide permiso, sino que toma lo que quiere.
Al igual que mi jefe