VICTORIA.
—Llama a quien quieras —murmura contra mi oído, y su agarre en mis muñecas se afloja apenas lo suficiente para que sus dedos delineen el contorno de mis brazos—. Pero tú te regresas conmigo esta misma noche. No voy a permitir que me dejes el apartamento vacío como si fueras un fantasma. Mañana firmarás el contrato, Victoria. Vas a ser mi esposa.
¿Qué acaba de decir?
—¿Tu esposa? —La sorpresa y el desprecio me amargan la boca. Lo miro fijamente, obligándolo a levantar los ojos—. Estás