VICTORIA.
El aire del hospital no tiene nombre, solo un vacío que me succiona la vida. Siento el pecho hundido, un hueco negro donde debería estar el corazón, mientras el pánico me rasga por dentro. Camino por el pasillo y el mundo empieza a distorsionarse. De golpe, mi cabeza se convierte en un proyector fuera de control: el accidente que Adel provocó para borrarnos, la risa de Max, su mano entrelazada con la mía en el coche antes del impacto, la primera vez que desperté sin saber quién era él