VICTORIA.
Despues de ese batacazo. Tania y yo estamos sentadas en una mesa pequeña al fondo, apartadas del flujo de gente. Sus manos, tiemblan y eso se nota en el movimiento del café cuando intenta dar un sorbo.
—Perdóname, Victoria —dice, con la voz rota—. No tenía ningún derecho a soltarte esa bomba de esa manera. Es algo que debió salir de la boca de Maximiliano. Te pedí perdón porque me sobrepasé.
La observo. Y sinceramente no tengo nada que perdonar. Fue duro escucharlo, pero no fue con ma