VICTORIA.
El trayecto desde el hospital hasta el apartamento es un silencio que solo se rompe por el motor del auto de Maximiliano. Subimos las escaleras del edificio igual, ninguno habla. Cuando abro la puerta, el olor a la comida fría sobre la mesa me da un vuelco en el estómago; todo se quedó congelado en el momento exacto en que Enzo se desplomó.
Voy directo a la habitación del niño, con las manos todavía temblando, y saco una pequeña maleta del clóset. Maximiliano se queda de pie en el umb