VICTORIA
—Está bien... También pensé en lo que se siente tener este cuerpo tuyo encima del mío —le susurro, sin filtros—. Pensé en tus manos grandes recorriéndome entera, sin apuros. En lo bien que se debe sentir que me arranques este vestido de seda y me dejes sin aliento contra la cama, tomándome con esa misma brusquedad salvaje con la que manejas el mundo afuera. Pensé en cómo vas a hacerme suplicar cuando decida entregarte todo.
Maximiliano clava sus ojos en los míos, inyectados en un deseo