VICTORIA.
Me siento frente a él, cruzando las piernas. Disfruto de la cena en absoluto silencio durante los primeros minutos, observando la forma implacable en la que Maximiliano se mueve, incluso para sostener los cubiertos. Hay una elegancia peligrosa en cada uno de sus gestos. El olor de la carne bien sazonada llena el espacio, pero la tensión entre nosotros sigue siendo el plato principal.
Para romper un poco el hielo y alejar los fantasmas del hospital, apoyo la barbilla en mi mano y lo mi