DE HERMANA A HERMANA.
VICTORIA.
El reloj de pared de mi apartamento marca las ocho de la noche. Me muevo por la cocina con prisa, intentando concentrar un poco de mi atención en el ruido de las ollas para apagar la tensión que me dejó la llamada de Valentina.
Sé perfectamente que mi hermana no ha estado comiendo bien; el desgaste de pasar los días y las noches en esa silla incómoda de la clínica, vigilando el monitor de Enzo, le está pasando factura.
La vi esta mañana antes de retomar de nuevo mi trabajo de secretar